EMBAUCADOS POR LA BESTIA DE LA GUERRA

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Artículo original de Paul Levy “Duped by the Beast of War” www.awakeninthedream.com Traducido por Gladys Molina EmpoweredByKnowledge©

http://www.awakeninthedream.com/wordpress/duped-by-the-beast-of-war/

Como si viviendo en un sin fin de "tiempos de guerra," los tambores de guerra nuevamente se aproximan cada vez más rápidos por el horizonte. El país en el que vivo, los Estados Unidos de América, que ya participan en múltiples guerras – algunas evidentes, otras encubiertas – está amenazando con atacar a otra nación soberana, esta vez Siria. Todo esto es una locura total, la dependencia de nuestro gobierno en las soluciones militares es patológica, una forma de enfermedad mental. Ciertamente parece como si nuestro país no supiera imaginar soluciones fuera del paradigma de la guerra. El hecho de que nosotros, como especie, estemos invirtiendo nuestro genio creativo para conjurar una guerra interminable sin cesar nos drena de nuestros recursos más preciados, es una locura total y absoluta. Estamos verdaderamente en medio de una psicosis colectiva mundial de proporciones épicas, lo que los nativos americanos llaman "psicosis wetiko."

La guerra es realmente una epidemia de locura. A lo largo de la historia humana, la guerra es la actividad más violenta y destructiva en la que nosotros los seres humanos hemos participado. Es un fenómeno irracional que no puede ser detenido o controlado con argumentos racionales, porque su origen es el inconsciente compartido de la humanidad. La autora Barbara Ehrenreich, en su libro Blood Rites: Origins and History of the Passions of War Ritos de Sangre: Orígenes e Historia de las Pasiones de la Guerra, escribió: "Cómo y cuando se inicie la guerra, persiste, se extiende, y se propaga a través del tiempo y el espacio con la tenacidad aterradora de una bestia sujeta el cuello de presas vivas. No se trata de una vanamente elegida expresión de figura retorica. La guerra se extiende y se perpetúa a través de una dinámica que a menudo parece independiente de la voluntad humana. Tiene, y nos gusta decirlo de las cosas que no entendemos completamente, "vida propia." En la guerra nuestra especie ha creado un monstruo de Frankenstein fuera de nuestro control que ha desarrollado una aparentemente autónoma e independiente "vida propia." Cuando leí por primera vez las palabras de Ehrenreich, inmediatamente pensé en "wetiko" (que, en pocas palabras, se refiere al espíritu del mal), del que había escrito extensamente en mi libro Dispelling Wetiko: Breaking the Curse of Evil Disipando a Wetiko: Rompiendo la Maldición del Mal. Originario de la psique, wetiko — una enfermedad psico-espiritual del alma – desarrolla similarmente una vida aparentemente autónoma, independiente y voluntad propia. Cuanto más estudiaba la obra de Ehrenreich, más me di cuenta de que la bestia de la guerra es una encarnación virulenta del patógeno wetiko a escala mayor en el escenario mundial.

Un golem robótico fuera de control, la máquina de guerra desarrolla una autonomía aparente que (al igual que el virus wetiko) genera su propio impulso autosustentable, la guerra es a la vez su propia causa y efecto. Visto como un rasgo cultural, la guerra ha evolucionado en la forma que lo ha hecho, simplemente porque es ventajosa y beneficiosa por y para sí misma. En un círculo vicioso y violento perpetuándose a sí misma en una regresión infinita de circuito de retroalimentación auto-cumplida, la única defensa contra la guerra es la guerra misma. Así, la guerra hace metástasis y se propaga, arrollando todas las soluciones pacíficas bajo su lógica circular implacable y auto-justificación. Una vez que arranque el ciclo de violencia y los perros de la guerra se desaten, simplemente no se puede detener ni predecir. Una fuerza de la naturaleza desbloqueada, una vez abierta la caja de guerra de Pandora, no hay persuasión que valga para meter al genio de vuelta en la botella. Los científicos sociales, en sus estudios matemáticos mirando los brotes de guerras y decisiones nacionales de participar en las guerras, han mostrado fuertes indicios de epidemicidad, es decir, que la guerra se propaga en patrones idénticos a los de los brotes de las enfermedades. La guerra es un vivo ejemplo de carne y hueso de cómo las sociedades humanas pueden ser presas de los sistemas de comportamiento que son totalmente de su propia creación, que pueden barrer y devorar a todos aquellos que están involucrados. Esto es una reminiscencia del legendario tigre resucitado que devora el mago que lo restauró a la vida de sus huesos esqueléticos. En la guerra hemos caído presa de la fuerza de nuestra propia magia equivocada.

El primer principio del método psicológico es que cualquier fenómeno a entender debe ser imaginado con simpatía. Ningún síndrome puede ser verdaderamente desalojado de su condición maldita hasta que primero movamos la imaginación hacia su núcleo. Debido a su carácter traumatizante, muchos de nosotros ni siquiera sabemos cómo pensar acerca de la guerra. Curiosamente, Robert McNamara, Secretario de Defensa durante gran parte de la guerra de Vietnam, reflexionando sobre sus horrores, escribe; "Ahora podemos entender estas catástrofes por lo que eran: fundamentalmente el producto de una fracaso de la imaginación." La misma frase – "fracaso de la imaginación"- fue utilizada durante el gobierno de Bush como una excusa de por qué no estaban preparados para los ataques del 9/11. Si la guerra se escapa al alcance de nuestra imaginación, dictará, hará cumplir y establecerá el dominio sobre todos nosotros. En primer lugar y ante todo un acto de imaginación, la guerra alista nuestra propia imaginación para convertirse en un agente de la negación y la destrucción. En los tiempos modernos, la mayoría de personas aparentemente encuentran las manifestaciones más decididas y cautivantes de poder, de estar en lo que destruye, en lugar de lo que crea; esto es una expresión del inconsciente colectivo y el trauma no integrados. La imaginación de un pueblo en su conjunto debe ser reclutada y reformada con el fin de preparar una ciudadanía reacia a la guerra. La guerra y las armas de muerte colectiva que son sus accesorios, son los productos del mayor poder creativo que opera dentro del espíritu humano – la imaginación humana,- y la imaginación humana, hay que añadir, es capaz de deshacerse de ellos. Dado que nuestra especie ha inventado la guerra, también podemos inventar y manifestar la paz. Si no podemos imaginar esto, entonces ¿que estamos pensando? Una imaginación perjudicada, incapaz de ni siquiera imaginar la paz, es simultáneamente la causa y efecto de la proliferación de la guerra. Mientras que a un nivel, la guerra en la que estamos involucrados usa cosas tales como las bombas, la verdadera guerra es una guerra en la consciencia (ver mi artículo “The War on Consciousness" “La Guerra en la Consciencia"), que no es otra cosa que una guerra sobre la propia imaginación. Una imaginación debilitada fundamentalmente flaquea a la humanidad, convirtiéndola en presa fácil de ser manipulada por una elite depredadora.

Siendo que el fenómeno de la guerra parece autónomo, me encuentro a mí mismo imaginando: ¿y si viéramos la guerra como si se tratara de una entidad viva que sí que tiene vida y voluntad propia? En la guerra, es como si una trans-humana / antihumana monstruosidad se hubiera insinuado en la escena humana a lo largo de múltiples generaciones. Esta entidad del belicismo es una energía diabólica impersonal que por toda la evidencia parece haber poseído a nuestra especie para hacer su voluntad, convirtiéndonos a todos nosotros en sus "representantes." Nuestra precipitación hacia la guerra es una marcha del disparate, mientras inconscientemente damos pasos-de-oca en la rueda del interminable sufrimiento del samsara que nosotros mismos estamos creando. Como si en la agonía de una adicción, estuviéramos aparentemente atrapados en el agarre de la mano de hierro de la bestia de la guerra, a ciegas obligados a convertirnos en instrumentos de proliferación de la guerra. La criatura de la guerra se alimenta en y de la parte animal retrocedida de nosotros mismos, como si nos devolviera al estado de consciencia del dinosaurio de cerebro de guisante. Las epidemias psíquicas como la guerra sólo pueden tener lugar cuando hay una reducción colectiva del estado de consciencia, un descenso del nivel mental. Precipitados en la niebla de la guerra, nos volvemos como zombis, sonámbulos en un sueño, turones dirigiéndose hacia el mar.

En nuestra persistencia interminable y monomaníaca por errar, sufriendo de una incapacidad inacabable de aprender de nuestros errores, ciertamente parece como si una entidad demoníaca estuviera tirando de las cuerdas de nuestra psique para influenciarnos a actuar en formas que están empeñadas en nuestra autodestrucción. Para citar al eminente teólogo y activista de la Verdad por el 9/11 David Ray Griffin; "Parece que estamos poseídos por una fuerza demoníaca que nos está llevando, a modo de trance, hacia la autodestrucción.". Nuestra batalla parece menos contra la "carne y hueso" que contra algunas demoniacas “potestades y principados,” "contra huestes espirituales de maldad en lugares altos" (Efesios 6:12) de las que la civilización humana está cautiva.

Me imagino a esta entidad dimensional malévola, superior (e inferior) trabajando febrilmente detrás entre bastidores, que operan manipuladoramente a través de nuestros puntos ciegos inconscientes, fomentando nuestras proyecciones de sombras, inspirando nuestros avances tecnológicos para crear máquinas de matar cada vez más eficientes e impersonales mientras abanica las llamas de nuestro miedo, la codicia y la sed de sangre con el fin de incitar nuestra fiebre de la guerra. Y mientras nosotros libramos la guerra sobre el otro, esta entidad belicosa se engulle en el smorgasbord del sufrimiento y destrucción de nuestra creación propia, o al menos eso imagino.

Esta entidad oscura, a lo que Jung se refiere como "el Dios oscuro," ha colocado implementos de destrucción masiva, antes inimaginables, en nuestras manos, programados para dispararse al empuje de un interruptor, para que nosotros, destruyamos a la propia biosfera en última instancia, el soporte del sistema vital del planeta. Como si se realizara una misa "negra" sagrada, el incremento de un caché cada vez mayor de armas de alta tecnología es el ritual preparatorio para convocar a su uso inevitable en una catástrofe que nosotros, como en un auto-trance, de maestros magos engañados, estamos conjuntamente conjurando. Para citar a Jung: "Dejar al hombre acumular suficientes maquinas de destrucción y el demonio dentro de él pronto será incapaz de resistirse a ponerlas a su uso condenado. Es bien sabido que las armas de fuego se disparan por sí solas si se juntan las suficientes." Sin embargo, no es demasiado tarde para arrojar luz sobre este "diablo interior" y cambiar el rumbo alejado del desastre inminente que nosotros mismos estamos invocando.

Sólo algo realmente vivo tiene la capacidad de destruirse a sí mismo. Está claro que estamos en el proceso de nuestra propia destrucción como especie (véase Fukushima y la posterior urgencia en construir más reactores nucleares, como otro ejemplo más). Como realizando un tipo de ritual de eco-suicido en masa de una especie, estuviéramos participando, lo sepamos o no, en un acto anti-sagrado cósmico que no dejará a nadie alrededor para experimentar el resultado final. Nuestra científica, magia tecnológica ha superado nuestros sueños más salvajes. La cuestión es: ¿si nuestras cualidades emocionales, espirituales y morales seguirán rezagándose, y así condenarnos a un futuro mórbido de nuestra propia cosecha?

Una forma útil de enmarcar nuestra situación es la siguiente: estamos destruyéndonos a nosotros mismos como la manera de aprender a no destruirnos a nosotros mismos, que claramente aún no hemos aprendido, o no estaríamos destruyéndonos a nosotros mismos. Implícita en esta lógica es que hay una lección codificada en la representación de nuestra locura que no podríamos aprender de otra manera. Si no reconocemos lo que nos está siendo revelado, como si tuviéramos un sueño recurrente – una pesadilla – simplemente vamos a continuar por el camino de la auto-destrucción, hasta llegar al punto de no retorno y, finalmente, cruzar ese Rubicón. Por otro lado, si reconocemos lo que se nos revela a través de la actuación de nuestra locura, podemos chasquearnos fuera de nuestro hechizo hipnótico auto-inducido y optar por dejar de matarnos a nosotros mismos – ¡Que idea tan radical! Entonces podremos invertir nuestra creatividad y recursos en la construcción del mundo en el que queremos vivir, o así me lo imagino. Es importante tener en cuenta – que esto está dentro del reino de lo posible, y como tal, requiere la participación de nuestra imaginación para subir a bordo.

Visto como células de un organismo mayor, es como si nuestra especie estuviera sufriendo de una enfermedad auto-inmune de la psique, al haber resultado infectados con un tipo de cáncer de la mente que nos ha vuelto en contra de sí para que literalmente estemos atacando y destruyéndonos a nosotros mismos. Ehrenreich continúa: "Si la guerra es análoga a una enfermedad, entonces, es análoga a una enfermedad contagiosa…Por lo tanto, continuando con la metáfora epidemiológica, si la guerra es considerada como una enfermedad ‘infecciosa’, está causada por una especie de microbio particularmente resistente─uno capaz de enquistamiento en sí durante generaciones, si fuera necesario, dentro del alma humana." Curiosamente, wetiko es una enfermedad del alma – "una especie de microbio particularmente resistente"– que es contagioso, viajando a través del vector de nuestro inconsciente común. Ehrenreich se aproxima al fenómeno de la guerra de manera imaginativa – previéndola como una enfermedad infecciosa contagiosa, un microbio invisible que se replica a sí mismo a través de múltiples generaciones. Su enfoque es contagioso por derecho propio, ya que sus meditaciones imaginativas pueden activar, inspirar y movilizar a nuestra propia imaginación creativa de inspiración divina para volver a imaginar nuestra situación de forma novedosa y creativamente con empoderamiento. Para elaborar sus imaginaciones, es como si un incorpóreo e inmaterial micro-parásito – un virus de la mente llamado wetiko – se hubiera metido dentro de nuestro cerebro de tal manera que nos compele a actuar a cabo su agenda infame en el mundo exterior. Al igual que un sueño donde el interior es el exterior, lo que se está escenificando en el mundo se refleja sincrónicamente, algo que tiene lugar dentro de nosotros. Algo se nos muestra en el proceso que es muy importante para nosotros el saber y entender.

La guerra es un ritual de despoblación y reducción de prosperidad, un parásito de la vida y la cultura humana, nos drena de tantas cosas como se puedan imaginar – incluyendo la vida misma. Al igual que un parásito, la guerra mata a una proporción significativa de la multitud de la población, y luego, en los huecos resultantes entre guerras, la inmunidad al parásito parece ser conferida, por desgracia, los espacios entre guerras han desaparecido. Ahora nos encontramos en una guerra sin fin, una lucha a vida o muerte con una entidad aparentemente malévola – wetiko siendo uno de sus muchos nombres — que nosotros mismos hemos conjurado. En última instancia hablando, estamos luchando con una parte oscura de nosotros mismos con el que al parecer hemos perdido nuestra capacidad de estar en una relación consciente.

Visto como una entidad autónoma, la guerra es un patrón auto-replicante de la conducta, poseído de un dinamismo no muy diferente al que se encuentra tanto en los seres vivos, así como dentro de la propia mente humana. "Los patrones auto-replicantes de comportamiento" es la forma en que Jung describe los arquetipos del inconsciente colectivo. Campos informativos de influencia, los arquetipos del inconsciente colectivo son las mismas agencias que modelan la percepción humana y dan forma y figura, tanto al comportamiento individual como colectivo de la humanidad. La guerra es una fuerza arquetípica viva que existe dentro de la psique de la humanidad; la psicosis colectiva como la guerra siempre está animada por un arquetipo constelado, a menudo informado por energías religiosas más profundas. Una fuerza cósmica impulsada, una vez que el arquetipo de la guerra se activa en la psique colectiva, como todos los arquetipos, potencialmente nos alista en su campo de fuerza gravitacional. Si permanecemos inconscientes a los elementos arquetípicos que nos conducen, sin embargo, no vamos a ser capaces de escapar de la succión destructiva hacia su sumidero, en cuyo momento estaríamos totalmente en las garras del arquetipo, obligados como un autómata a representar su guión. Todos los arquetipos son bipolares, es decir, que tienen un aspecto potencialmente negativo o positivo. Si tomamos conciencia de la dimensión arquetípica que se está reproduciendo, sin embargo, podemos mediar, humanizar y canalizar su enorme energía de manera constructiva en vez de destructiva.

Esta dinámica arquetípica que se perpetúa a sí misma es similar a un virus auto-replicante de una computadora o malware que infecta a la computadora y programas para la autodestrucción. Al igual que el arquetipo de la guerra, estos virus no tienen sustancia material subyacente en absoluto, sino más bien, son "programas" diseñados para reproducirse.

Nuestros líderes son en sí mismos sólo instrumentos involuntarios – chivos expiatorios – simplemente interpretando guiones a través del cual ésta programación infernal puede encarnarse. Mirando por lo que ellos conciben como sus propios intereses, muchos de ellos tienen poco o ningún conocimiento del poder de la más oscura, energía demoníaca que los ha agarrado y les compele a encarnarla en nuestro mundo a través de su agencia. Estados Unidos y sus fuerzas armadas, por ejemplo, están siendo utilizados como un instrumento de guerra para remodelar el paisaje geopolítico con el fin de servir a los intereses de una pequeña pero poderosa cábala oscura mundial que ha tomado el control de una parte significativa del gobierno de EE.UU. Al estar en el bolsillo de la cábala, nuestros líderes son sus portavoces. Como iteraciones entre anidadas de un fractal, la cábala es en sí misma sólo un intermediario, un peón haciendo la licitación del arquetipo subyacente sin forma. Una vez que reconozcamos conscientemente el patrón arquetípico más profundo que está in-formando los acontecimientos del mundo, en lugar de vernos compelidos a volver a crear inconscientemente versiones cada vez mas amplificadas del arquetipo en su forma destructiva, nuestra expansión de la consciencia nos empodera para canalizar el arquetipo en su forma más afirmante de vida. ¡Imagínese eso!

Al igual que una fuerza trans-personal puede, literalmente, tomar el control y poseer a una persona y convertirles en su instrumento de encarnación – y revelación – este mismo proceso puede ocurrir a escala colectiva también; un grupo de personas, naciones o una especie entera puede llegar a ser capturada por una energía arquetípica más potente que los compele a inconscientemente, y por lo tanto destructivamente, escenificarlo en el mundo. En eventos colectivos, tales como las guerras, estamos viendo a través de un espejo el alma del mundo de la humanidad, mientras se escenifica el escenario global. Al igual que un proceso sucediendo dentro del inconsciente de una persona va a obligarlos a actuarlo en su vida, en la actividad de la guerra, un proceso que está ocurriendo dentro de la psique colectiva de la humanidad – que es decir en cada uno de nosotros en su propia manera única – está siendo soñado en masa para su materialización en el mundo.

La guerra es una inflamación, un brote en el cuerpo político del mundo que refleja una enfermedad más sistémica subyacente en la psique de la humanidad. Jung simplemente dice: "Es la psique del hombre la que hace las guerras." Oculto dentro de la psique hay un poder increíble que, como demuestra la historia, puede transformar civilizaciones enteras de manera imprevista. El futuro será decidido por los cambios que tienen lugar en la psique de la humanidad, que es verdaderamente el pivote del mundo.

Curiosamente, el libro del Apocalipsis habla de una "guerra en el cielo." La Biblia en sí misma puede ser vista como una auto-revelación de la propia psique. Desde este punto de vista, los acontecimientos descritos en la Biblia son expresiones del alma, que apuntan a las realidades trascendentales. La "guerra en el cielo" representa simbólicamente un dinamismo vivo que está teniendo lugar en el inconsciente colectivo de la humanidad. Si, en efecto, "el reino de los cielos está dentro de nosotros," por lo tanto, también, está la "guerra en el cielo." Cuando no somos capaces de contener el "guerrear" dentro de nuestro propio ser, el conflicto de los opuestos se derrama en el mundo exterior, donde se escenifica en el teatro del mundo por medio de la proyección. Cuando a Jung se le preguntó si se podría evitar la tercera guerra mundial, respondió que dependía de cuántas personas podrían conciliar los opuestos dentro de sí mismos.

El espectro del estallido de la guerra en el cuerpo político mayor persigue al inconsciente colectivo de toda la humanidad. En los tiempos modernos, la psicopática guerra global contra el terror está en todas partes y afecta a todo el mundo; es universalmente traumatizante y dañina para el alma de la humanidad. La guerra no es un fenómeno que sólo ocurre al otro lado del mundo (en Irak o Afganistán, por ejemplo), sino que la guerra es algo que tiene lugar dentro de nuestra alma. Como un demonio, la plaga de la guerra puede invadir el mundo interior de la humanidad e inspirar a transgredir los límites humanos, llevándonos a excesos de brutalidad inconcebibles. Incluso si nuestra actual guerra está teniendo lugar a miles de kilómetros de distancia, sólo por su mera ocurrencia, el acto de la guerra crea un "campo disociativo" de trauma que nos afecta a todos y nos obliga a todos a (mal)adaptarse. La disociación fácilmente puede atrincherarse en una población entera, desconectándonos el uno del otro, así como amortiguar nuestros corazones, mientras fragmenta el paisaje interior de nuestras mentes. La guerra deshumaniza a todos, ya que nos obliga no sólo a deshumanizar al enemigo, sino a anestesiar y deshumanizarnos a nosotros mismos también. Una parte intrínseca del campo disociativo es una fuerza que se opone y resiste activamente a nuestra visión de ver las implicaciones más profundas de lo que estamos haciéndonos a nosotros mismos. La disociación compartida colectivamente, entumecimiento, la negación y el autoengaño se perpetúan, ya que el campo disociativo debe, por necesidad, mantenerse continuamente para que no nos despertamos a la iniciativa genocida en la que todos estamos participando. En la medida en que estamos alimentando este campo disociativo a través de nuestra propia disociación desde y dentro de nosotros mismos, todos nos hemos convertido en ambos víctimas y victimarios de la guerra, cómplices de su proliferación. Aunque parezca lo contrario, en última instancia, en la guerra no hay ganadores.

Las atrocidades en las que nuestro gobierno está involucrado – y nosotros, por delegación, somos cómplices de – son tan horribles que tienen que ser internamente negadas. Esto crea una disonancia cognitiva en nuestras mentes de modo que nuestra capacidad para responder de forma creativa y responsable está desactivada. Muchos de nosotros simplemente resistimos la verdad de lo que está sucediendo en nuestro mundo, nuestro apartar la mirada refuerza nuestra "necesidad de no saber," que a su vez alimenta aún más nuestra disociación en un circuito de retroalimentación diabólica de nuestra propia creación. Cómplices de nuestra propia auto-hipnosis, nuestros ojos se vuelven ciegos morales en el proceso. Curiosamente, la entidad de creación propia de wetiko es una forma de ceguera que no sólo cree ser avistado, sino que arrogantemente se imagina a sí mismo con más visión de futuro que nadie. Somos una especie que se ha dormido, pero imagina que estamos despiertos.

Una cultura entera puede preferir la ceguera; América, basada en la evidencia abrumadora, parece ser una nación que se ha vuelto invidente. El poeta Teodoro Roethke escribió famosamente: "En un tiempo oscuro, el ojo comienza a ver." Con suerte, como lo demuestra el abrumador clamor popular en contra de atacar Siria, más y más de nosotros estamos viendo a través de nuestros políticos y el endeble hasta-el-punto-de-ser-mentiras-absurdas y propaganda de guerra por parte de los principales medios de comunicación -que pretenden que debamos atacar a Siria sobre la base de pretextos humanitarios. Sería un verdadero caso de "excepcionalísimo estadounidense" y exigiendo verdadero coraje para despertar bruscamente fuera de nuestra disociación y tratar con el impacto de múltiples realizaciones: la mentira que hemos estado viviendo, el mal del que hemos sido cómplices, y la realidad que hemos estado evitando.

Jung escribe: "Estamos amenazados con genocidio universal, si no podemos resolver la manera de salvación por muerte simbólica."Sacudiéndonos de nuestra disociación y ver a través de nuestras ilusiones es ser "des-ilusionado," que es una verdaderamente demoledora experiencia, y es una muerte simbólica del ser que se casó con la ilusión. Esto es el darse cuenta de cómo hemos estado en colusión a nuestra propia muerte, que nos chasquea del trance del hechizo de ser una víctima indefensa y nos conecta con nuestro verdadero poder y responsabilidad. Además, en lugar de crear el genocidio universal que implica la muerte de nuestros cuerpos, una muerte simbólica implica la muerte de la imaginación que somos sólo un cuerpo. En otras palabras, la "muerte simbólica," a la que Jung se refería implica ver a través de la ilusión primordial – nuestro sentido del ego – de ser una entidad aislada separada de otras entidades aisladas. Esto implica reconocer – como si pasando por un renacimiento – que somos partes interdependientes de un organismo mayor que todos compartimos llamado vida. Cuando nos damos cuenta de esto se hace inconcebible – imposible imaginar – que iríamos a hacer la guerra unos contra otros.

El hecho de que durante toda nuestra vida no ha habido un momento libre de un grupo haciéndole la guerra a otro hace que la guerra parezca normalizada, como si fuera un -así son las cosas-, parte de ser humano. Esta forma de pensamiento es una mentira, inspirada y alimentada por la misma energía que anima la propia guerra. Si aceptamos nuestros sentimientos de impotencia y creemos que no podemos hacer nada acerca de la guerra, somos entonces sus cómplices involuntarios. En realidad somos magos, poderosos sin medida, habiendo abusado inconscientemente de nuestro propio poder de hechizarnos a nosotros mismos, después de haber caído bajo una maldición de nuestra propia creación. Nuestra tarea es romper y salir de nuestro auto-inducido hechizo. Sosteniendo esta posibilidad en mente, Jung se pregunta si "la humanidad…puede aun evolucionar otro ideal. Con el tiempo, incluso la conquista dejará de ser el sueño." Lo que va a pasar, me encuentro a mí mismo imaginando, a medida que más y más de nosotros, no sólo los ciudadanos de a pie – sino efectivamente los soldados en nuestras guerras ilegales de agresión, así como los jefes militares, generales, senadores, presidentes y primeros ministros, jefes de corporaciones – despierten a cómo hemos sido engatusados, embaucados- timados – por el genio creativo de nuestra mente para ver la guerra como un medio legítimo de operar en el mundo. Ah, ¿y entonces qué?

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