Vidas No Vividas

La locura colectiva sobrevenida a nuestra especie.

Basado en el trabajo de Paul Levy,

Traducido y adaptado por Gladys Molina EmpoweredByKnowledge©

¿Y si el origen de los problemas en el mundo es la antigua tradición del “maltrato infantil”, que se ha in-formado en todos nosotros? En aras de la claridad, necesito diferenciar los términos, ya que el <maltrato infantil> es una frase armada y cargada.

Mucha gente asocia el maltrato infantil con el castigo corporal, los abusos sexuales, la negligencia severa y demás. Pero el maltrato infantil es algo que todos hemos padecido desde formas elusivas e indetectables en la medida en que nuestros padres no estaban totalmente iluminados (¿y los de quién no?). Cuando hay amor “condicional” basado en nuestro rendimiento o comportamiento, cuando llegamos a ser “domesticados” y se supone que somos “un buen niño o una buena niña,” cuando nuestros padres vicariamente viven sus vidas no vividas a través de nuestros logros, o cuando nuestros padres inconscientemente abusan de su poder y promulgan su propio abuso no sanado, todo “por nuestro bien” –estas son todas diversas formas de un sutil pero muy real maltrato infantil. Cuando recibimos doble-señales enloquecedoras por parte de nuestros padres, en donde dicen una cosa pero su energía expresa otra, cuando nuestros impulsos hacia la independencia emocional y autonomía son sutilmente rechazados, cuando se nos niega nuestras percepciones o cuando las expresiones de nuestro propio ser único y creativo son marginadas o criticadas –estas son todas diversas formas de maltrato infantil encubierto. Todas estas acciones aparentemente inocuas pueden potencialmente obstruir al niño en su proceso natural de crecimiento hacia quien verdaderamente es. Estas reacciones inconscientes de los padres pueden potencialmente ser intro-yectadas e interiorizadas en la psique del niño en donde se convierten en voces interiores opresivas que en la medida que no se integran, desarrollan una vida aparentemente autónoma propia.

Todos estamos metabolizando nuestro legado ancestral de abuso sutil o abuso evidente que ha sido transmitido y propagado a través de las generaciones. La idea arquetípica de los pecados del padre (y de la madre) siendo visitada en los hijos (e hijas) es psicológicamente verdadera, y ha encontrado expresión en fuentes inspiradas como diversas mitológicas antiguas, la Biblia y Shakespeare. Todos tenemos un saber subjetivo de la validad de este fenómeno basado en nuestra experiencia vivida. Cada uno de nosotros, lo sepamos o no, nos hemos convertido en quienes somos, por lo menos en parte, como resultado de la inconsciencia de nuestros padres.

No solamente son nuestros cuerpos la descendencia de nuestros padres; nuestra psique también es descendencia de la inconsciencia de nuestros padres. Jung enfatiza este mismo punto cuando dice, “No solo el cuerpo del niño, sino también su alma procede de su ascendencia.” Nuestros padres a quienes Jung sugiere que miremos como los “niños de los abuelos” son formados, a su vez, por sus padres en un linaje que se remonta a través de las generaciones. Jung explica, “Deberíamos mejor decir que no son tanto los padres sino mas bien sus antepasados – los abuelos y bisabuelos – quienes son verdaderamente los progenitores, y que éstos explican la individualidad de los niños mucho mejor que los inmediatos, y por así decirlo, padres accidentales.” Esta perspectiva expande el marco de tiempo a través del cual nos relacionamos con nuestra familia, y en última instancia, con nosotros mismos.

Jung sentía que las “vidas no vividas” de los padres profundamente impactaban las vidas de sus hijos, como si se produjera una “herrada” marcando el destino particular de los niños. Las vidas no vividas de los padres es una herencia ancestral que tiene gran peso y seriedad, en cuanto a que literalmente forma las vidas de los hijos. Jung elabora sobre la noción de las vidas no vividas de los padres cuando dice que es “esa parte de las vidas que podían haber sido vividas si no se hubieran interpuesto ciertas excusas algo raídas que impidieron a los padres lograrlo. Para decirlo sin rodeos, es esa parte de la vida de la que siempre han eludido, probablemente mediante una mentira piadosa. Esa es la que siembra el más virulento de los gérmenes.”

Las vidas reprimidas, no vividas de los padres actúan como un contagioso y maligno virus psíquico que infecta el campo circundante. Hablando de represión, Jung señala que, “lo que sea que reprimas, lo que sea que no reconozcas en ti mismo, sin embargo sigue estando vivo. Está constelado en tu exterior, trabaja sobre tu entorno e influye en otras personas. Por su puesto, tu eres dichosamente inconsciente de estos efectos, pero a las demás personas se les llena la nariz” Este virus psíquico es como un bichito no localizado en el sistema que crea una afección y perturbación en la coherencia de la familia. Este virulento patógeno psicótico se germina en y se auto-replica a través del inconsciente de los hijos, el cual es el medio que utiliza para reproducirse a través de las generaciones, es decir, a través del tiempo.

Los hijos ven más de lo que los padres sospechan o quieren que vean, ya que están empáticamente sintonizados al inconsciente de los padres. El inconsciente de los padres, que parece estar en último plano, está realmente en el primer plano de la sique del niño. El inconsciente de los padres fluye en, e in-forma (da forma) a la sique del hijo. “Nada influye más en los hijos” reflexiona Jung, “que los hechos silenciosos del último plano del fondo. Tienen un efecto extremadamente contagioso sobre los hijos.” La relación de los padres con su inconsciente influye en el inconsciente de los hijos a través de la vía de la inconsciencia colectiva en el que ambos están contenidos.

Los niños sienten el espíritu subyacente de las cosas. Describiendo la sensibilidad de los niños, Jung sabe por su propia infancia, al igual que sabemos todos, que “Las cosas que quedan suspendidas en el aire y son vagamente sentidas por el niño, el ambiente de temor y aprensión, estos lentamente se filtran en el alma del niño como un vapor venenoso.” Este vapor toxico es como un espíritu ancestral que penetra y se insinúa en el núcleo del ser del niño. Este espíritu viviente es la herencia familiar, mientras modela, forma e in-forma los vástagos, que llegan a ser obligados en la medida en que están bajo el hechizo de los padres, a inconscientemente representar, exteriorizar y convertirse en instrumento para la encarnación del inconsciente ancestral. Se convierten en los proveedores involuntarios y la revelación viva del “evangelio oculto” del inconsciente de los ancestros.

No existimos en forma aislada unos de otros, sino más bien, en relación a todos los miembros de nuestra familia humana que han existido en el tiempo. Jung re-contextualiza nuestras relaciones familiares cuando señala que, “…una vida humana no es nada en sí misma, es parte de un árbol familiar. Continuamente estamos viviendo la vida ancestral, que se remonta desde hace siglos, estamos satisfaciendo los apetitos de ancestros desconocidos, atendiendo las necesidades que creemos que son nuestras, pero que son del todo incompatibles con nuestro carácter; no estamos viviendo nuestras propias vidas, estamos pagando las deudas de nuestros antepasados.” Somos herederos de su “fortuna” familiar, la fruición karmica actual de nuestro árbol familiar.

El hijo es parte tan importante de la atmósfera psicológica de los padres,” contempla Jung, “que los problemas secretos y no resueltos entre ellos pueden influir profundamente sobre su salud. La mística de la participación, o la identidad primitiva, hace que el niño sienta los conflictos de los padres y a sufrir de ellos como si fueran propios. Es casi nunca el conflicto abierto o la dificultad manifiesta que tiene un efecto tan venenoso, pero casi siempre los problemas parentales que se han mantenido ocultos o permitidos a convertirse en inconscientes. El autor de estos trastornos neuróticos es, sin excepción, el inconsciente.” La “participación mística” es una frase que Jung usa a menudo, la cual tomó prestada del antropólogo francés Levy-Bruhl. Hablando en cuento al desarrollo, es un estado primitivo y poco evolucionado de conciencia en el que estamos mágicamente fusionados y que se fundió con el medio ambiente a fin de no ser capaz de distinguirse entre nosotros y los demás a un nivel fundamental. Cuando ocurre la participación mística entre padre/madre e hijo/a es un estado de mutua identificación inconsciente en el que son co-dependientes enredados unos con otros y no son capaces de experimentar su autonomía psíquica y la independencia el uno del otro. Cuando hay participación mística, las partes están psíquicamente ligadas y atadas al otro de manera que recíprocamente inhibe su libertad intrínseca. En la medida que los padres siguen fusionados en un estado de participación mística con el inconsciente de sus padres y no se hayan separado psicológicamente e individualizado, es la medida en que ellos mismos no establecerán una conexión con sus descendientes como seres autónomos independientes, sino, como extensiones inconscientes de su propia psique. Los padres que aun no han resuelto el equipaje parental, idean a los hijos de ser apéndices psicológicos de su propio proceso irresoluto, que es una forma sutil pero sin embargo muy real de maltrato infantil. El autor de estos dramas de la vida real, como señala Jung, es el propio inconsciente.

“El <imago parental> [la imagen de los padres en la psique del niño] está poseída de un poder bastante extraordinario; influye en la vida psíquica del niño tan enormemente,” escribe Jung, “que debemos preguntarnos si podemos en algún caso atribuir tal poder mágico a un ser humano común.” Lo que le otorga a los padres tal poder sobre sus hijos es que nuestros padres terrenales particulares, no son más que re-presentaciones y animaciones del arquetipo subyacente de los “padres divinos”, que existe en el interior del propio inconsciente colectivo. Nuestros padres son los instrumentos para representar, encarnar y activar el arquetipo paterno pre-existente, que vive dentro de la psique de todos nosotros. Es el arquetipo numinoso subyacente que los padres reales están mediando que amplifica sus efectos sobre los niños. Al igual que los instintos migratorios y la construcción del nido de un pájaro no se aprenden de forma individual, pero se heredan de su ancestral colectiva, el poder de los padres se deriva de la imagen arquetípica primordial que resuena en lo profundo de la psique de nuestra especie.

Jung señala que “el poder del arquetipo no es controlado por nosotros. Nosotros mismos estamos a su merced a grados insospechados. Hay muchos que se resisten a su influencia y su fuerza, pero igualmente hay muchos que se identifican con el arquetipo…y porque todo el mundo está, en cierto grado ‘poseído’ por su preformación específicamente humana, se aferra y queda fascinado por ello y ejerce la misma influencia en otros, sin ser consciente de lo que está haciendo. El peligro es justo esta identidad inconsciente con el arquetipo: no sólo ejerce una influencia dominante en el niño mediante la sugerencia, sino que también causa la misma inconsciencia en el niño, por lo que sucumbe a la influencia del exterior y al mismo tiempo no puede oponerse a ella desde dentro.” El proceso externo del niño con los padres llega a ser internalizado y se convierte en un ineludible convincente proceso interno.

Los padres juegan un rol clave y fatídico en el destino karmico de sus hijos. Cuando los padres están reprimiendo su inconsciente sin hacer su “propio trabajo interno” de forma responsable, comenta Jung “esto se irradia al ambiente exterior y, si hay niños, los infecta también. De este modo, a menudo se pasan estados neuróticos de generación en generación, como la “maldición de Atreo” [en la mitología griega la “maldición de Atreo” es un símbolo de una ancestral maldición familiar que se transmite de generación en generación]. Los niños son indirectamente infectados a través de la actitud que instintivamente adoptan hacia el estado mental de sus padres: o bien lo luchan con la protesta silenciosa (aunque a menudo la protesta es vociferante) o bien sucumben a una imitación paralizante y compulsiva. En ambos casos están obligados a hacer, sentir, y vivir no como desearían, sino como sus padres quieren que lo hagan. Cuanto más ‘impresionantes’ [dejando su impresión] sean los padres, y cuanto menos acepten sus propios problemas (mayormente con la excusa de la ‘preservación de los niños’), será cuanto más tiempo los niños tendrán que sufrir por la vida no vivida de sus padres, y cuanto más se verán obligados a cumplir todas las cosas que los padres han reprimido y mantenido inconscientes.”

Cuando los padres sucumben a la compulsión de apartarse de su propia oscuridad y se resistan a la iluminación de la conciencia y, por tanto a evitar la relación con partes de sí mismos, Jung afirma que “ellos no saben que al sucumbir a la compulsión, la pasan a su hijos haciéndoles esclavos de sus padres y también del inconsciente. Estos niños continuarán durante mucho tiempo viviendo la maldición lanzada sobre ellos por sus padres, aun cuando los padres ya estén muertos desde hace mucho tiempo.”

Si los padres entran en el hábito de evitar compulsivamente su responsabilidad de auto-reflexionar, una atmósfera tóxica se conjura en el sistema familiar que es muy inquietante para el cuerpo emocional de la familia. “Los problemas reprimidos y el sufrimiento evitado de manera tan fraudulenta segrega un veneno insidioso,” Jung nos dice que, “se filtra en el alma del niño a través de las paredes más gruesas del silencio y a través de los sepulcros más blancos del engaño, la complacencia y la evasión. El niño está indefenso y expuesto a la influencia psíquica de los padres y confinado a copiar el auto-engaño de los padres, a su falsedad, así como su hipocresía, su cobardía, su sentido de justicia propia, y respeto egoísta por su propia comodidad, cómo la cera toma la huella al sellar. Lo único que puede salvar al niño de una lesión no natural es el esfuerzo de los padres de no eludir las dificultades psíquicas de la vida mediante maniobras engañosas o el permanecer inconsciente artificialmente, sino más bien a aceptarlos como tareas; de ser lo más honestos con ellos mismos como sea posible, y a arrojar un haz de luz a los rincones más oscuros de su alma.”

A los padres no se les pide que sean perfectos, algo que es a la vez imposible y sería una catástrofe para los hijos. De los padres no se puede esperar que no tengan fallo alguno o complejos sin resolver, lo que sería sobrehumano, sino más bien, deben hacer esfuerzos sinceros para no negar y reprimir sus puntos débiles y áreas inconscientes, sino reconocerlos como lo que son. En cuanto a sus problemas inconscientes, los padres, según Jung, “al menos deberían llegar a un acuerdo consciente con ellos; estableciendo la obligación de resolver sus dificultades internas por el bien de los hijos.” Es una responsabilidad ética de los padres el hacer frente a sus propios complejos aun sin cicatrizar. “La influencia parental sólo se convierte en un problema moral,” Jung continúa, “de cara a las condiciones que podrían haber sido modificadas por los padres, pero no lo fueron.” En otras palabras, se convierte en un “pecado moral” cuando los padres son potencialmente capaces de aclarar y hacer frente a alguna zona inconsciente en sí mismos, y optan por no hacerlo, ‘permaneciendo,’ en palabras de Jung, “artificialmente inconscientes.”

Cuando el inconsciente se aborda de manera responsable por los padres, sin embargo, esto alivia a los hijos de un peso, que al final ni siquiera era el suyo para empezar. Los padres realmente pueden bendecir a sus hijos hasta el extremo, entrando en su propia autenticidad, en la vulnerabilidad y la transparencia. Cuando un padre trata responsablemente con su propio inconsciente, están modelando y activando el mismo proceso en el hijo, ya que padres e hijos están interconectados no-localmente e íntimamente correlacionados a través del inconsciente colectivo. La auto-reflexión de los padres es instantánea y reflexivamente recibida y reflejada por y a través del hijo. Ocurre en la profundidad de la psique, y este proceso de auto-reflexión refleja de nuevo a los padres e hijos quienes son, faculta y empodera, en lugar de obstruir, a los hijos a florecer naturalmente en lo que ellos están aquí para ser.

La auto-reflexión de los padres no sólo ayuda a curar a ambos padres e hijos, sino que envía a nivel no-local ondas a través del tiempo, iniciando un proceso de curación de todo el linaje ancestral. Es como si fuéramos la culminación, cristalización y portadores de un proceso de dimensión superior y multi-generacional de resolución. Potencialmente, en este mismo momento, tenemos la oportunidad inapreciable para liberar a estas ancestrales, hebras rizomáticas de trauma que se extienden mucho más atrás en el tiempo e igualmente lejos en el futuro, sino que también convergen y se extienden por todo el presente en la forma de sociedad y cultura en la que vivimos. Podemos ser los que rompan el eslabón en la cadena y disuelvan estos insidiosos, hilos micelio-similares, que son, literalmente, la urdimbre y la trama sobre la cual se teje el tapiz de la historia pasada, presente y futura de nuestra especie. Como los titulares actuales de un linaje antiguo de tradición ancestral, nuestra tarea, bien si estamos en el papel de padres y / o hijos, es transmutar alquímicamente este espíritu potencialmente destructivo que anima al abuso de la “familia” (tanto en la familia nuclear como en la familia humana mayor) con el fin de liberar nuestra propia brillantez creativa que aparentemente mantiene cautiva.

En la medida que veamos cómo funciona la transmisión de maltrato infantil – en nuestra propia vida, con nuestros propios padres e hijos – podemos conscientemente rediseñar el vehículo de las relaciones humanas, tanto dentro como entre nosotros, catalizando así la evolución hasta la nivelación en alza de la propia consciencia humana. Tal vez, podemos realmente empezar a sanar el mundo en el proceso.

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5 comentarios en “Vidas No Vividas

    • El autor del artículo es Paul Levy, pero como no todo la información corresponde al mismo artículo sino a un compendio de los otros trabajos suyos, así como información adquirida en alguna entrevista de audio, por eso al hacer la traducción puse “basado en el trabajo de Paul Levy”

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